Comunidad

Universitario emprende negocio del coyol para rescatar tradiciones

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Es mediodía en Corralillo de Nicoya. El sol enchila. Josimar camina entre varias palmeras de espinas largas acostadas en el suelo. Quita la tapa de madera de una de las palmeras. Aparta las hojas grandes que cubren la pileta para protegerla de la lluvia y espanta las hormigas que lograron colarse.

“Ya no se toma como antes — dice con nostalgia por una época que no vivió — se consume más por turismo que por tradición”.

Josimar tiene las manos llenas de heridas. Con un huacal tira la primer cucharada de espuma al suelo y poco a poco va llenando un balde con vino de coyol.

Al terminar, pone de vuelta las hojas, la tapa de madera y sigue con la próxima palma. Esto mismo debe repetirlo hoy cuatro veces en cada uno de los seis troncos que le faltan. La última espina del día lo herirá a la medianoche.

Ya pasaron tres años desde que puso a funcionar junto a sus papás El Sitio de Don Pedro, una idea que tuvo en el colegio y que tomó fuerza hasta convertirse en el pequeño emprendimiento donde trabaja buena parte de su familia.

Josimar Fonseca, de 21 años, estudia Dirección de Empresas en la Universidad de Costa Rica y es el autor intelectual del proyecto, encargado de jorobarse sobre las palmas erizadas por lo menos 30 veces al día para recoger el vino.

Esa es su rutina diaria al menos hasta que terminen las vacaciones. Cuando vuelva a la universidad, su tío entrará de relevo para cubrirlo en sus tareas.

Del cuaderno a la realidad

La finca se encuentra a 50 metros del cruce principal de Corralillo, una intersección de polvazales en medio de la infinita llanura guanacasteca.

“¡Vamos a la sombra!”, pide Josimar para comenzar su historia y a la vez escapar del sol que hace chillar las burbujas de coyol dulce.

Todos los días, cuando salía de clases en el Colegio Técnico Profesional de Corralillo, escribía en su casa el plan de negocios del proyecto. Se lo enseñaba a sus papás, Rafael —profesor pensionado— y Anayanci —profesora de enseñanza especial— solo para corregir algunos detalles.

 

25 palos de coyol aseguran vino para todo el verano en El Sitio de Don Pedro. Cada palo produce durante un mes aproximadamente.

 

“Era un concurso en grupo que yo decidí hacer solo, quería trabajarlo a mi propio ritmo porque cuando las otras personas no comparten el mismo interés que uno, no le van a poner tanto empeño”.

Aunque era ficticio, se tomó la dedicación de escribir el trabajo de forma que se pudiera lograr. Recuerda que todos sus compañeros lo volvieron a ver incrédulos cuando no lo vieron entre los primeros tres lugares.

Como sabía que era el que tenía más chance de ejecutarse, apeló los puntos y clasificó hasta llegar a la etapa regional.

“Ahí fue cuando les dije a mis papás que iba a empezar el negocio. A los días les  conté que ya había encargado las gallinas y los palos de coyol y se asustaron, ¡se asustaron mucho!”

Empezó ofreciendo gallinas achiotadas casa por casa e invitando gente desde Corralillo hasta Nicoya a conocer El Sitio.

Para el siguiente verano, ya había aprendido lo necesario para hacerlo solo y el negocio había crecido lo suficiente para involucrar a su familia.

Su plan es integrar poco a poco a la comunidad dentro del proyecto. Si vienen grupos grandes, le pide a varias vecinas que hagan rosquillas para ofrecerle a los visitantes.

La vigilia del “viñedo”

Josimar explica las propiedades del vino basándose en estudios de la UCR. Mientras llena una de las 25 botellas que saca al día, habla de las mejores horas para cortar las palmas, algo que aprendió en un libro de Escuela para todos. 

Asegura que hay que beber muchísimo para experimentar las borracheras legendarias de coyol. No lo dice por experiencia, pero cuando estaba empezando el proyecto bebió de la primera sabia que producen los palos de coyol y sufrió sus consecuencias.

“El exceso de sodio me puso a vomitar y pasé toda la noche sudando. Quien lo prueba para saber que está bien siempre es mi papá”.

No es un trabajo fácil. Recuerda que hubo una época de “palos muy buenos” que producían mucho y había que ir a sacar vino a las dos de la mañana.

“Estaba estaba muy cansado y me dormí desde las siete de la noche. No saqué el coyol de las nueve ni el de las doce. Cuando me levanté, a las seis de la mañana vi el charco debajo de los palos”.

Una familia de congos atraviesa el terreno aullando sobre las copas de los árboles. Bajo la sombra, Josimar barre las hojas del suelo y atiende a un grupo de hombres que prueban la bebida lechosa con tranquilidad sabatina. O se dedica a cualquier cosa hasta que sean las cuatro de la tarde. La hora de la próxima espina.

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