Cultura, Sámara

Chejo: pescador a todo pulmón

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“¡Qué raro que Sergio no ha llegado!”, dijo la maestra de la escuela de Sámara hace 42 años en el día de su graduación. “Debe estar pescando”, contestó Vinicio, su compañero de clase y hoy su amigo.

Por estar hundido en la pesca se me había olvidado la entrega de los diplomas. Me pegaron un grito, salí corriendo y medio me bañé. Llevaba escamas de sardinas en las manos, pero así me fui para la escuela”, recuerda hoy Sergio Girón con una alegría que hasta le chispean los ojos.

“Chejo”, como lo bautizó una vecina siendo un niño, ha vivido toda su vida en Sámara, un distrito costero cuyas actividades comerciales son sobre todo la pesca y el turismo. El mar lo ha tenido siempre a escasos 500 metros. Sin embargo, a sus 12 años, imaginaba que podía ser cualquier cosa menos pescador. No sabía que se iba a ganar la vida aguantando la respiración.

Es flaco, desgarbado, con arrugas que hacen surcos en la piel quemada y gastada por el sol. También es muy popular. Basta salir con él una mañana de diciembre para darnos cuenta de que todo el mundo lo saluda. “Bendiciones”, le grita un vecino en bicicleta al verlo pasar. Más allá, en la playa, otros pescadores lo detienen para enseñarle lo que lograron atrapar.

No recibió clases de pesca. Lo que sabe, lo aprendió de ver una que otra vez a su padre o a su hermano. Al principio iba al manglar a pescar y tiraba la cuerda con lo que la intuición le decía que hiciera, por eso está seguro de que “trae por dentro el arte de pescar”.

También sabe que muchos como él necesitan salir al mar para ganarse la vida. Su vida, al final, es un reflejo de la que viven muchos otros vecinos de la zona. Sus amigos, los amigos de sus amigos.

Hasta los 17, se dedicó a la agricultura y recibió cursos que daba el Instituto Nacional de Aprendizaje (INA) como mecánica, construcción naval, armador de redes y navegación costera, astronómica, analítica y por satélite.

Con esos cursos, Chejo podía terminar siendo marinero, capitán o maquinista, como terminaron siendo algunos de sus amigos. Él no sabe qué fue lo que pasó pero decidió dedicarse a chapear en los alrededores de su vecindario para ganarse la vida. Cuando le pregunto por qué no fue marinero o capitán, Chejo solo recuerda que pudo más su responsabilidad de ayudar a su familia.

Con el tiempo descubrió que la pesca le podía dar mejores resultados. “El salario que yo me ganaba volando machete eran ¢750 por semana. Los pescadores se ganaban hasta ¢15.000 cuando la pesca estaba buena”, dice un poco más serio que de costumbre.  

Y entonces los amigos le decían: “Sergio, ¿por qué no te ponés a pescar?, mirá lo que nos ganamos nosotros”. La primera semana que pescó, se ganó “un montón de plata”: ¢7.000. De eso hace 35 años y desde entonces no volvió a salir del mar.

Chejo camina unos 800 metros de su casa en Sámara a la playa para montarse en su lancha e irse a pescar. Su hielera y sus arpones no le pueden faltar.

El buceo es un arte

Chejo se pone la mano en el corazón, espera que su ritmo cardiaco baje, y cuando empieza a palpitar más lento agarra aire, se encomienda a Dios y empieza a descender. A sus 54 años, puede aguantar la respiración más de dos minutos a 25 metros bajo el mar. 30 segundos más que el ser humano promedio.

En su lancha, a escasos 200 metros de la costa, demora segundos para agarrar una langosta que por poco no le cabe en la mano.  

Andar en bicicleta todo el día, no tomar alcohol, no fumar ni trasnochar es la receta para estar más tiempo debajo del mar, dice él.

En sus inicios como pescador, Chejo pescaba con cuerda, el método convencional,  pero más tarde usaría unas patas de rana y una arbaleta (un tipo de arpón) que le regalaron cuando tenía nueve años. Ahí le nació la idea de bucear y llegaría el día en que se sacaría el clavo.

La práctica se llama pesca subacuática. Solo se necesitan unas patas de rana, una mascarilla tipo snorkel y aire. Mucho aire. En el país, la práctica es regulada por el Instituto Costarricense de Pesca y Acuicultura (Incopesca).

Pescar de esa forma le permite a los pescadores como Chejo acceder mejor a especies como la langosta, que se encuentran entre los corales y es casi imposible sacarlas con redes.

Hasta que conoció al segundo campeón mundial de buceo, un español al que le decían Tony, Chejo pensó que él buceaba bien, pero en realidad siempre andaba el corazón acelerado y nervioso, lo que lo dejaba sin aire.  Apenas se sumergía, tenía que salir.

“Llevamos al español a bucear y bajamos 12 metros. Yo llegué, toqué la piedra y subí. Hice eso dos veces y el español seguía abajo. Cuando subimos juntos, él me dijo: no es así. Disfruta, date tu tiempo, relájate, coje suficiente aire. Baja despacito”, cuenta Sergio sobre Tony.

Chejo no recibió clases de pesca, está seguro de que trae por dentro el arte de pescar.

Una pesca difícil

Sentarse a hablar con Chejo es como leer un libro de historias. Tan extraordinarias que parecen ficción.

Sus cuentos los alterna con críticas. Chejo no se cansa de decir que ahora la pesca está difícil. No solo porque hay menos peces en el mar, según él, sino porque todo son reglas por parte de las autoridades. Reglas que para los más pobres se vuelven una carga.

A eso, Chejo le suma los impactos del cambio climático, como él mismo dice. Los largos inviernos y los temporales le juegan en contra; por ejemplo, en 2017 solo pudieron trabajar dos semanas entre setiembre y octubre por el mal clima que provocó la tormenta Nate. “Y así nos la jugamos para vivir y comer”.

Pero es curiosamente esa vida incierta de pescador, de no saber qué le espera en el mar, lo que lo hace sentirse vivo.

Chejo no se imagina otro modo de vida. Pescar es su trabajo, su deporte favorito.  No tiene certeza si morirá siendo pescador, él solo sabe que quiere estar en el mar todo el día.

 

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