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Playa Copal: el Kitesurf encuentra su lugar en Guanacaste

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Son casi las 11 a.m en playa Copal, en La Cruz de Guanacaste. No hay nadie en más de 500 metros de costa, solo un viento que por momentos levanta granos de arena que se clavan como agujas en el cuerpo. 

En esta playa casi desértica hay viento 200 de los 365 días del año. Las ráfagas, en ocasiones, superan los 100 km/h. Esa característica la hace ideal para la práctica de un deporte extremo: el kitesurf (que en español significa algo como “surfing con cometa”). 

Este deporte utiliza la fuerza del viento para mover un cometa unido al cuerpo mediante un arnés, mientras los pies están sujetos a una tabla para navegar sobre las olas. 

No vamos a mentir. Llegamos a La Cruz con la idea de hacer una clase y saltar al mar lo más rápido que se pudiera, pero nos topamos con una tarea que requería de tiempo para aprender y mucha práctica, que por supuesto, no teníamos. 

 

Entonces, aprovechamos para aprender todo lo que pudimos de la teoría y quedamos con la promesa de regresar. 

Lo bueno es que quienes vivimos en Nicoya estamos a solo dos horas de acá, que según el instructor Damien Cordier, es “la capital del viento”, pues no hay otra playa en el país que goce de este recurso casi todos los días del año, requisito imprescindible para hacer kitesurf. 

Pese a las bondades de la bahía, Cordier asegura que el destino sigue siendo poco conocido a nivel internacional, aunque a su criterio, cada vez más personas ponen a La Cruz en el radar, lo que le da para pensar que algún día resonará entre las ubicaciones más sobresalientes para la práctica del deporte a nivel mundial, como ya lo son Brasil o Indonesia.

A modo de ejemplo, dice que en su escuela de kitesurf, por ahí del 2009, la mayoría de los extranjeros que venían a practicar el deporte, entre principiantes y avanzados, eran de Estados Unidos. Hoy, tiene visitantes de Canadá, Holanda y Suiza.

Damien Cordier es francés y llegó a La Cruz en el 2002. Desde entonces es instructor de kitesurf, un deporte extremo que describe como “lo más cercano a volar”.

Para todos, pero…

Para Cordier, lo ideal para empezar a hacer kitesurf es realizar al menos 10 horas de práctica con un instructor. El deporte, según él, es para todos, desde los seis años en adelante.

“Al principio es difícil asimilar todas las instrucciones”, admite el instructor que llegó a Costa Rica en el 2002 y que desde hace nueve años practica y enseña casi a diario.

La primera parte de la clase es acerca de las características de la tabla, del cometa y hasta del viento y la playa. En nuestra lección, Cordier nos explicó que hay cometas de varios tamaños, según la experiencia que uno busque. Por ejemplo, entre más grande sea, más velocidad al navegar. 

Ya sentados en la playa, el instructor nos explica todas las partes del equipo. Nos coloca un arnés a la cintura y engancha una especie de manivela de donde salen cuatro cables delgadísimos de 22 metros que nos unen con el cometa y le dan dirección.

Es tanta la fuerza del viento que las primeras maniobras son complicadas y nos da jalones que hace que nos levantemos del suelo con facilidad. 

Los movimientos para guiar al cometa deben ser sutiles. Derecha, izquierda, arriba y abajo. Parece simple, pero por la inexperiencia, es muy fácil ponerle más fuerza de la necesaria, y cuando eso sucede, lo que sigue es elevarse sobre el agua o el piso sin control y aterrizar algunos metros por delante.

En un curso para certificarse como practicante del deporte, el siguiente paso es lograr ponerse en pie sobre la arena y manejar el cometa erguidos. En ese punto, la coordinación y la concentración son claves.

Para saltar al agua deben haber pasado, por lo menos, seis horas de curso y al inicio un instructor acompaña al estudiante en el mar. 

Saber nadar no es requisito, pero sí es recomendable. “Lo que no hay que tener es miedo”, dice Cordier mientras se alista para darnos una demostración.

Entonces, alza el cometa hacia el aire, maneja desde la arena las cuerdas, se pone en pie y con dos saltos llega al mar, arrastrado por el cometa. Todo parece sencillo. Nada de fuerza, solo técnica. 

Lo que siguen son piruetas, giros y saltos. Se eleva unos 10 metros, cae y continúa desplazándose.

Sale del mar y con una sonrisa nos dice: “No es tan complicado. ¿Vieron?”. 

 

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