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De las calles a las aulas de Guanacaste: cómo dos mujeres trans retomaron sus estudios

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Bárbara y Vanessa atraviesan la puerta, cruzan toda el aula y buscan la esquina izquierda de la última fila de pupitres para sentarse. Es martes y el reloj marca cerca de las 8:30 p. m. en la Escuela de Moracia de Liberia, donde cursan su bachillerato por madurez.

A sus 26 y 40 años, las dos mujeres transgénero logran reivindicar su derecho a la educación, algo que sienten que les arrebataron por mucho tiempo. Ambas están estudiando a través del programa «De las calles a las aulas» que impulsan la Fundación Transvida y el Ministerio de Educación Pública (MEP).

Para que las estudiantes no deserten por falta de recursos, la fundación subvenciona sus exámenes. Además, ellas mismas solicitan ayudas al Instituto Mixto de Ayuda Social (IMAS) para tener un dinero extra que les ayude a costear el transporte a clases o alguna merienda.

Pese a que los profesores y ellas mismas dicen sentirse bien, hay imágenes que cuentan los retos aún pendientes: hay quienes aún las miran con ojos de extrañeza cuando caminan por los pasillos y, en el aula, ellas se sientan en una esquina, atrás, sin mucha relación con sus otros compañeros.

Los obstáculos del pasado

Cuando era niña, Vanessa estudió los primeros años de primaria en un centro educativo público como este, pero cuenta que desertó en tercer grado, cuando tuvo que irse también de su casa y de Liberia por la violencia extrema a la que la sometía su padre. “Él nunca me aceptó. Mi papá me maltrataba mucho psicológica y físicamente: me golpeaba y me decía que me hiciera hombre”, dice sin tragar grueso y sin lágrimas.

Cuando cumplí los 13 años tomé la decisión de escaparme. Estaba en tercero de la escuela y con otra compañera nos fuimos a las cogidas de café de Naranjo”, cuenta. En el Valle Central, Vanessa encontró rápidamente un oficio como trabajadora sexual y se dedicó a ello por al menos 15 años.” 

Como Vanessa, muchos niños, niñas y adolescentes viven acoso o bullying por su identidad de género, y eso los arrastra a abandonar las aulas. El país no tiene cuantificado cuántos casos de este tipo llevaron a las personas de la población de lesbianas, gays, bisexuales, transexuales e intersexuales (LGBTI) a dejar de estudiar, pero las historias de vida de las mujeres trans en el país sí retratan esta realidad.

“Nosotras fuimos expulsadas del sistema (educativo), y tuvimos que cumplir una ruta crítica que terminó en comercio sexual, donde terminamos negociando nuestra dignidad, nuestras vidas, la salud”, dijo la presidenta de Transvida Dayana Hernández hace un par de años en un texto publicado por Contexto.

Un abanico de posibilidades

La alianza entre el MEP y Transvida empezó en el 2016, en su sede de San José. Entonces, las chicas trans recibían clases de bachillerato convalidadas por el ministerio, pero en las oficinas de la organización. En conjunto, también redactaron una guía para los docentes de escuelas y colegios para la atención de las personas trans. Ese fue el inicio del programa “De las calles a las aulas”.

Las clases en la fundación también incluyen capacitación a las personas trans en cómo exigir sus derechos: acceso a seguro social, a la educación, al cambio de su sexo en la cédula… Además, las empoderan a través de capacitaciones educativas y de empleo.

Abrieron la sede en Guanacaste hace aproximadamente dos años y en este momento está integrada por 25 mujeres trans de distintos cantones, explica Bárbara, quien es la coordinadora en la provincia.

Lo que quiere incentivar Transvida es que nosotras podamos terminar el colegio pero también que en los centros públicos tengamos un espacio sano para ir a estudiar”, dice ella. “Es una oportunidad para mañana conseguir un trabajo y que dejemos de depender del Estado y de estar empujadas a ejercer la prostitución”, explica.

Bárbara aún recuerda sus primeros pasos integrándose al activismo de la población LGBTI. Empezó a viajar hasta la sede central de Transvida, en San José, para informarse sobre sus derechos y se dio cuenta de que tenía que traer esa información para las chicas trans de su provincia.

“Yo me capacitaba en liderazgo, en cómo decirle a las chicas qué tienen que hacer si no pueden pagar un seguro voluntario y ya con eso adquirir el derecho para las pruebas de infecciones de transmisión sexual (ITS) y todos los beneficios de tratamiento hormonal. También lo de los trámites de la cédula”, explica.

“Lo que quiere incentivar transvida es que nosotras podamos terminar el colegio pero también que en los centros públicos tengamos un espacio sano para ir a estudiar”, dice Bárbara. Foto: César Arroyo Castro

Educarse en las provincias

Después de ejercer la prostitución durante unos 15 años, Vanessa volvió a Guanacaste a rehacer su vida y empezó a estudiar en el colegio nocturno, pero sus compañeros y profesores todavía la estigmatizaban por su identidad.

Recibía tanto bullying porque no se había aprobado el cambio de nombre por identidad de género, y me llamaban por mi nombre de cédula. Yo le decía que por favor me dijeran entonces el apellido, pero no lo hacían”, relata.

El cambio de nombre en la cédula hace que ahora las chicas sientan más amparo del Estado para defender sus derechos y en el programa «De las calles a las aulas» ellas se sienten a gusto, respetadas por sus compañeros y por el personal del colegio.

“En el MEP existen normas y protocolos que hay que utilizar en este tipo de casos, pero gracias a Dios cuando ellas empezaron a venir no se dio ningún acto de bullying que nosotros nos hayamos dado cuenta porque inmediatamente lo hubiéramos detenido”, cuenta el profesor Erasmo Chavarría.

“Nunca las hemos llamado por su nombre de pila, sino como se presentaron. Lo que nos interesa a nosotros es que las personas salgan adelante”, agrega.

La apertura del sistema educativo para incluirlas tiene que ver con una serie de avances que se han generado en los últimos años. En el 2015, el MEP se declaró como un espacio libre de discriminación por orientación sexual e identidad de género y desde el 2016, cuando se fundó Transvida, la organización empezó a dialogar la apertura de oportunidades educativas para la población trans.

Además, desde el 2016, el MEP emite los títulos de graduación respetando la identidad de género de las y los estudiantes.

La fundación también realiza alianzas con el Instituto Nacional de Aprendizaje (INA), para que las mujeres estudien tanto cursos libres como en cursos específicos para ellas, como el de Formación Humana que reciben en conjunto con el Instituto Nacional de las Mujeres (Inamu). Recientemente también lograron que la Municipalidad de Liberia les abriera espacios en un programa de emprendimiento para mujeres, incentivado por la oficina de la mujer del gobierno local.

“Todos tenemos derecho al estudio y que nosotras seamos diferentes físicamente no tiene que impedirnos desarrollarnos intelectualmente. Lo único que queremos es poder tener un estilo de vida igual que cualquier otra persona”, dice Bárbara.

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