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5 mujeres denuncian agresiones sexuales en fiestas nocturnas en Nosara

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Advertencia: este reportaje describe escenas que pueden resultar perturbadoras. 

Valeria dice que no recuerda mucho del día que la violaron, aunque es como una pesadilla recurrente viviendo dentro de su memoria. La historia comenzó como unas vacaciones normales, en una fogata en playa Pelada, Nosara. Un conocido le ofreció un trago, el primero de la noche, y comenzó a sentir un adormecimiento en todo el cuerpo que la obligó a cerrar los ojos. Desde ahí todo es confuso. 

Los recuerdos le llegan en manojos escuetos aún meses después del ataque. Sabe que despertó a lo que parecían horas después, aún en la playa, mientras ese mismo hombre la penetraba y su cuerpo no respondía. Sabe que intentó mover las manos para apartarlo, pero no podía hacer nada de lo que su cerebro ordenara, como si estuviera en un parálisis del sueño o estuviera mal anestesiada. 

También sabe que mantenerse despierta era imposible; sin quererlo, volvió a dormirse. 

“Quería quitármelo de encima pero no podía, estaba como muerta”, recuerda la turista durante su entrevista a La Voz de Guanacaste.

Despertó al amanecer del día siguiente sobre la playa y completamente sola. Como con el alma salida del cuerpo, todavía mareada y sin saber cuántas horas pasaron desde aquel trago que tomó. Recogió su ropa y, a como pudo, regresó caminando al lugar donde estaba hospedada. 

En mi mente solo pensaba cómo un trago podría emborracharme tanto para tener relaciones con ese hombre. Luego caí en cuenta: no tuve relaciones ni me emborraché, él me drogó y me violó”, contó la joven.

Valeria es una de las cinco mujeres que denunciaron a este medio ser víctimas de agresiones sexuales durante fiestas organizadas en Nosara entre el 2019 y el 2021.

Las cinco son nacionales y extranjeras que visitaron Nosara por turismo, tenían entre 18 y 35 años de edad al momento del asalto y aseguran haber sido violadas por hombres residentes del pueblo durante fiestas nocturnas en Pelada y en hoteles cercanos a la zona. Tres de ellas huyeron de Nosara inmediatamente después de los abusos.

En cuatro de los casos, uno o varios hombres se acercaron a la víctima cuando llegó a la fiesta para ofrecerle un trago alcohólico de cortesía o bienvenida. Cuando ellas aceptaron esa bebida, comenzaron a experimentar un sentimiento muy breve de éxtasis y, posteriormente, sufrieron de adormecimiento en todo el cuerpo hasta perder la conciencia por horas.

Tres de las víctimas narran que despertaron brevemente durante el ataque, sin poder mover su cuerpo o articular palabras. Las otras dos dicen no recordar nada hasta horas después, cuando amanecieron adoloridas y semidesnudas en una locación diferente a la de la fiesta. 

Lo que más me duele es que yo solo recuerdo a ese hombre sobre mí, pero pudieron ser más personas y yo simplemente no puedo recordar. Es algo con lo que tengo que vivir”, lamenta Valeria.  

Los síntomas que sufrieron están relacionados al Rohypnol o mejor conocida como “roofie” o “droga de la violación”. Es una sustancia ilícita que circula en Latinoamérica desde los noventa pero que según el Instituto Costarricense sobre Drogas (ICD) tomó mucho más fuerza en 2019 dentro de las fiestas en el país.

Al diluirse en alcohol, la droga puede imposibilitar a las víctimas de resistir la agresión sexual y darles amnesia total durante las primeras horas bajo los efectos de la sustancia.

I. Comienza con un trago

El Rohypnol actúa silenciosamente en las fogatas del pueblo. La pastilla no sabe a nada y tiene una apariencia verdosa que al momento de mezclarse con el alcohol lo convierte en un líquido del mismo color o con tonalidades azules. Puede pasar desapercibido al disolverlo en tragos que contienen curasao, jager, vino o cócteles con colorantes. 

En los primeros minutos, relatan las mujeres, la bebida da un sentimiento alto de felicidad y relajación, parecido al licor. En cosa de media hora, el éxtasis va convirtiéndose en un bajón de todo el cuerpo con mareos y una necesidad abrupta de dormir o al menos de cerrar los ojos. Es como que tu alma va saliendo de tu cuerpo poco a poco y, al final, solo quedás en blanco. 

El Instituto Nacional de Abuso de Drogas de Estados Unidos (NIDA) expone que las víctimas de los roofie pueden retomar el control de su cuerpo y sus recuerdos hasta seis horas después de ingerir la sustancia. En ese tiempo no necesariamente están inconscientes, sin embargo, todas las acciones que realizan son bajo el efecto de la droga y no lo podrán recordar cuando la sustancia salga de su organismo.

Ilustración: Dunkan Harley

El efecto posterior, eso sí, puede durar desde horas hasta días completos. Por ejemplo, Valeria recuerda que pasó al menos 24 horas sintiendo que no era ella misma, como si estuviera borracha o anestesiada. Vomitó varias veces, no podía dormir, tampoco tenía apetito y le costaba hacer tareas básicas diarias.

A Jessie, una extranjera de 20 años, le pasó lo mismo. Este año asistió a una fogata en playa Pelada y, en medio de la actividad, unos hombres se acercaron para ofrecerle varios tipos de tragos. No tomó ninguno porque al día siguiente debía despertar temprano, pero sí aceptó un fresco que los hombres insistieron en regalarle. Desde ese momento y hasta que despertó no recuerda más.

Al día siguiente, amaneció semidesnuda en una habitación dentro de una casa cerca de Pelada, sin alguien que pudiera explicarle cómo llegó ahí porque en ese lugar no había nadie más que ella. 

Desde que regresó a su hospedaje, pasó varios días sintiéndose deprimida, sin poder dormir y con un sentimiento de ansiedad que la mantenía alerta involuntariamente: le causaba temblores y le hacía difícil respirar normalmente. Aunque planeaba pasar varios meses en Nosara, huyó la semana siguiente. 

Tanto el ICD como el NIDA documentan que entre los efectos de la droga está un posterior sentimiento inexplicable de confusión, depresión, problemas para dormir y ansiedad severa. Estos síntomas pueden durar varios días y hasta semanas. 

II. Los recuerdos llegan de vez en cuando

Tanto a Valeria y Jessie, como a Camila y Vanessa dos mujeres que pidieron que sus relatos sean escuetamente mencionados en este texto continúan teniendo “flashbacks” de lo que les pasó, meses después de lo sucedido. 

Durante la entrevista, por ejemplo, Valeria recordó querer “saltar y abrazar a todo el mundo” minutos antes de quedarse dormida, mientras el hombre que le dio el trago seguía sus movimientos de cerca. “Era algo que no recordaba hasta hoy mismo”, contó.

Jessie tiene memorias vagas de dos personas llevándola forzosamente a un lugar oscuro, aunque ella balbuceaba que quería regresar a la fiesta. Aún así, su memoria sigue borrosa. 

El Rohpynol no es la única sustancia suministrada por abusadores para cometer este tipo de delitos sexuales. Según la Administración para el Control de Drogas del Departamento de Justicia de Estados Unidos (DEA, según sus siglas en inglés) en las fiestas de ese país también detectaron el uso de drogas como el GHB (antidepresivo), ketamina (anestesia para animales) y el mismo alcohol en grandes cantidades para atacar a las víctimas. 

El roofie, no obstante, es más fácil de conseguir en Latinoamérica, según el ICD, y es el más difícil de distinguir en el organismo mientras aún se tiene consciencia, pues se percibe como el alcohol. 

Solicitamos al Organismo de Investigación Judicial (OIJ) información sobre las drogas usadas en Costa Rica para este tipo de delitos. Aunque dijeron que contestarían, no recibimos respuesta al cierre de este reportaje.

El ICD afirma que el Rohypnol también puede ser proporcionado a las víctimas con otras presentaciones, como tabletas falsas de LSD, una sustancia alucinógena. Eso le pasó a Olivia en una fiesta frente a Pelada en diciembre del 2019. Esa vez salió de fiesta sola y se topó con un conocido de su expareja. 

Después de tomar juntos varias cervezas, el hombre le insistió que tomara un supuesto comprimido de LSD porque “la veía muy borracha y quería ayudarla a bajarle el efecto”. La tableta, dice Olivia, resultó ser otra droga que la “noqueó” en cuestión de minutos. Esa misma persona la violó mientras estaba inconsciente. 

«Yo ya había consumido LSD y puedo comprobar que no era eso, no me dio ningún viaje, más bien me hizo sentir débil, con ganas de dormir inmediatamente. Lo que recuerdo después es que él estaba dentro de mí [penetrándola] y aunque yo quería gritar o quitarme, no podía hacer nada. Era como estar muerta pero sintiendo todo”, cuenta.

Olivia pasó varios días sin fuerzas ni para levantarse de la cama, sin poder concentrarse y con constantes pensamientos suicidas. En ese momento lo justificó con su círculo cercano como consecuencia de un trastorno depresivo. 

Nunca le contó lo que le pasó a nadie, hasta un año después cuando escuchó a otras mujeres viviendo en Nosara contando historias muy parecidas a su caso. 

Pasé de sentir muchísima tristeza a tener rabia. Mientras nosotras sufrimos los traumas, hay hombres afuera sintiéndose muy cómodos siendo violadores”, dice indignada.

III. La batalla que deciden luchar

Valeria es la única de las víctimas registradas por La Voz de Guanacaste que mantiene un proceso legal activo contra su violador. Desde el día del ataque, afirma que no volvió a ir a fiestas ni a consumir alcohol, además sufre de trastorno por estrés postraumático (PTSD, según sus siglas en inglés). 

Tomó la decisión de denunciarlo legalmente unas semanas después, aunque no fue fácil. Al final, dice, le parecía la vía más lógica para evitar que le pasara a otras mujeres y comenzar una conversación sobre la problemática en el pueblo.

Su vida está revuelta entre trabajar, preguntar sobre su caso ante la Fiscalía y tratar de advertirle a otras mujeres que llegan al pueblo lo que pasa en las fiestas, especialmente por ser una zona altamente turística. Por eso, cuenta, volvió a relatar lo que le pasó en esta entrevista. 

No todas las mujeres denuncian por una serie de razones: miedo, revictimización, porque son turistas que solo estuvieron unos días o por desinformación. Según estadísticas del Poder Judicial, del 2018 al 2019 la región Chorotega aumentó en un 9,4% las denuncias por violación (de 149 a 163) y en un 109% (de 33 a 69) las denuncias por abuso sexual a mayores de edad. 

Ilustración: Dunkan Harley

En el 2020, durante la pandemia, las denuncias por violación cayeron un 17% (134) y aunque las denuncias por abuso sexual también bajaron un 29% (49), sigue siendo una cifra más alta que la del 2018. 

La funcionaria de la Fiscalía Adjunta de Género, Ana Victoria Rojas, afirma que la Fiscalía debe hacer las investigaciones correspondientes del caso aún cuando un tercero denuncia los hechos. Por esta razón, impulsa a la población a no callar los delitos sexuales que conozca. 

La Fiscalía de Nicoya es la única —de las cuatro que hay en Guanacaste (Santa Cruz, Liberia, Cañas y Nicoya)— que no cuenta con una unidad de género. Aún así, está en la obligación de tomar la declaración de cualquier víctima que interponga una denuncia ahí. 

Rojas dijo que no puede referirse a los casos en este reportaje porque están en proceso de investigación.

La jefa del Instituto Nacional de la Mujer (Inamu) en la Región Chorotega, Mélida Carballo, afirma que su institución no lleva estadísticas de estos casos en la región, pues son difíciles de rastrear debido a su naturaleza; aunque los hombres involucrados usan el mismo método para los abusos, generalmente las víctimas son diferentes en cada caso y la mayoría de ellas no viven en Guanacaste. El Poder Judicial es el que está a cargo.

Además, es difícil que las mujeres que sufren de este tipo de violencia denuncien debido a la extensión de los procesos judiciales, especialmente cuando no viven en el país. 

Jessie, por ejemplo, decidió irse de Nosara y regresar a su país de origen tras la agresión. Conversar con sus padres le hizo pensar que regresar al país solo abriría heridas que necesita sanar.

Los procesos por delitos como violación y abuso sexual pueden tomar entre cinco y seis años en resolverse, según una investigación de la Comisión de Género y Secretaría de Género del Poder Judicial en el 2021. 

Olivia dice que, casi dos años después del abuso, sigue cuestionando si denunciar a su agresor o no, pues no quiere someterse a un proceso “largo y revictimizante que no llegue a nada”.

Yo quiero que se haga justicia, porque él sigue en fiestas, sigue teniendo poder y no se arrepiente de nada. Él sabe lo que hace, sabe que me lastimó. Por eso mismo no sé si entraría a un proceso así”, cuenta.

Valeria, que mantiene el caso activo, manifiesta que el proceso ha sido revictimizante y “emocionalmente agobiante”. Después de denunciar en la Delegación de Nosara la enviaron al Poder Judicial en Nicoya, luego a la misma institución en Santa Cruz para realizar otros papeleos y, por último, a San José. 

“Además de que me mandaran de un lado a otro, en el examen [del Poder Judicial] me trataron horrible. Me hacían comentarios fuera de lugar y de alguna forma me hacían sentir culpable, como si esto fuera algo que me provoqué yo sola y no el mae que me violó”, denuncia la joven.

IV. El estigma de levantar la voz

Al denunciar, Valeria perdió amistades en el pueblo que le recomendaron “dejarlo ir” o no volverlo a mencionar. Un precio que asegura está dispuesta a pagar. 

El apoyo que tuve de mis amigas de ese entonces era nulo. Es tan raro, yo no lo justifico, porque uno seguro no sabe reaccionar cuando una mujer te cuenta que la violó alguien que te cae bien. Me dieron la espalda, pero lo único que puedo hacer es seguir con mi proceso”, lamenta.

Otras dos de las denunciantes afirman que recibieron discriminación por parte de sus círculos cercanos en Nosara. Por esta razón se acercaron al recién formado colectivo feminista Mujeres Unidas de Nosara. Ahí, ambas descubrieron no ser las únicas mujeres a las que les había pasado lo mismo en los últimos meses. 

El colectivo es una iniciativa de una decena de mujeres residentes en Nosara, formado en marzo de este 2021 ante la “ausencia de apoyo a la mujer en el pueblo” y “el aumento de denuncias por agresiones sexuales en Nosara, según las mismas activistas, quienes pidieron no ser nombradas por seguridad.

En Nosara siempre han habido cuentos de esto (agresiones sexuales en fiestas), pero en los últimos años hemos visto un aumento de mujeres que han comenzado a contar que les pasó lo mismo, nos dicen que no son cuentos” afirma una de las activistas del colectivo.

Las mujeres activistas contactaron a otras organizaciones feministas, como el Inamu, para equiparse con más información sobre cómo ayudar a otras mujeres sobrevivientes de este tipo de violencia sexual. 

Carballo, jefa regional del Inamu, afirma que la institución impartirá varios cursos en noviembre sobre medidas contra los delitos sexuales de este tipo en varias zonas costeras de la región. 

V. Luchar es la única opción

Nada borrará lo que les pasó a Valeria, Olivia, Jessie, Camila y Vanessa, ni a ninguna otra mujer que sufrió una agresión parecida y sigue en silencio. Pero todas creen que hablando lo que les pasó, evitarán que sus agresores repitan el ciclo.

Desde inicio de año hay algunos afiches en los baños de los bares en Nosara advirtiendo a las turistas que deben estar alertas de personas extrañas que les ofrecen comida o tragos y de no estar solas en fiestas o bares del pueblo. 

Las activistas colocaron papeles para advertir a las mujeres turistas extranjeras sobre los casos de violencia sexual en Nosara. En el texto sugieren no tomar o aceptar tragos de desconocidos, enviar la ubicación a contactos de confianza, activar el SOS en el celular y no caminar en la playa en las noches. Crédito: Colectivo Mujeres Unidas de Nosara

“Nosara es un pueblo pequeño”, coinciden las mujeres entrevistadas para este texto. Eso es malo y bueno: aunque sufran de miradas lascivas, también el espacio pequeño les ayuda a advertir a mujeres en más espacios. 

Aunque las fiestas siguen pasando, las mujeres del colectivo ya logran comunicar a completas desconocidas que algo está pasando en sus playas y que hay que cuidarse entre todas. “Quizás habremos salvado a alguien con ese afiche, me gusta pensarlo”, dice una de las activistas del colectivo.


Nota de la redactora: Los nombres de todas las víctimas de abuso sexual que este artículo enlista fueron modificados para salvaguardar su integridad. Por la misma razón, los relatos también omiten información que confiaron a este medio. 

Si sufriste de una agresión sexual en Costa Rica, llamá al 911 o a la línea del Inamu, 800-4626827. En Nosara, podés contactar a las mujeres del colectivo a través de sus redes sociales.

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