Medio Ambiente

Guanacaste, la última esperanza del bosque seco de Mesoamérica

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Al lado de la carretera que lleva a la casona de Santa Rosa hay un pedacito de bosque seco original, probablemente el único que lograremos conocer en nuestra vida. El coordinador de investigación del Área de Conservación Guanacaste (ACG), Róger Blanco dice que aquí, rodeados de guapinoles, nísperos y corteza amarillas, la temperatura desciende en cinco grados centígrados. Sudamos menos. 

Un bosque seco no es un puño de troncos muertos o secos. En realidad es un espacio verde, cargado de vida. Este pequeño parche lo demuestra. Es un microclima que nos transporta a cientos de años atrás, cuando la ganadería y la agricultura aún no habían botado la mayor parte del bosque seco de la provincia. Pero no es ni será fácil encontrar algo así en el resto de Mesoamérica (que va desde el sur de México hasta Costa Rica). 

Una cría de chancho de monte camina tranquilamente por el bosque seco de Santa Rosa.

Para que un bosque tropical seco recuperado se regenere así necesitará 200, 300, 400 años… Y quizás nunca lo logre, dice Blanco mientras sostiene con una mano el sombrero y mueve la otra con grandes gestos. 

Hace doce años, cuando le daba charlas a los grupos y los traía a este mismo parche, Blanco les decía que así luciría el resto del bosque seco en cientos de años. Ahora lo ve casi imposible. El impacto de las temperaturas cada vez más altas, y todos los pronósticos sobre el cambio climático lo llevan a pensar que ya no existen las condiciones para que se desarrolle algo similar. 

La parcela «El Príncipe» sirve de ejemplo para mostrar lo que sucede cuando se deja que el fuego consuma los terrenos. El pasto crece pero nada más es capaz de prosperar allí.

De hecho, la ACG ha reportado que la cantidad de insectos en el bosque se está reduciendo drásticamente e incluso los árboles más fuertes, como el cedro amargo, se están empezando a morir en los eventos de sequía más extremos. 

Aunque hay otros bosques secos en Costa Rica, Blanco no tiene duda de que la ACG es nuestra última esperanza de salvar y restaurar, “a perpetuidad”, lo que nos queda de ecosistema seco desde México hasta Costa Rica. ¿Por qué? La historia comienza con dos científicos “locos” que cuentan los insectos del bosque. 

Los “locos” del bosque seco 

El ecólogo Daniel Janzen anda el pasaporte estadounidense en una bolsa de la camisa y dos prensas de ropa en la otra. Son las mismas prensas que usan los recolectores de orugas e insectos —los parataxónomos, los contadores del bosque— para sostener las bolsas en las que guardan los bichos para luego contarlos. 

Blanco dice que cuando Janzen y su colega y esposa Winnie Hallwachs propusieron restaurar el bosque seco de Santa Rosa hace más de 35 años, el resto de científicos pensaban que eso era imposible y que estaban locos. “Solo creían que eso era posible con el bosque lluvioso”. 

Winnie Hallwachs y Daniell Janzen son una especie de padres del bosque seco de Costa Rica. Dicen que entre los dos ya suman 109 años viviendo dentro del bosque.

Probablemente nadie en Latinoamérica ha estudiado tanto ni tan sistemáticamente los insectos en un área específica como Janzen y Hallwachs. Aseguran que si sumaran todos los años que cada uno ha pasado en el bosque, llegarían a unos 109.

Justamente así empieza Janzen su presentación ante un grupo de estudiantes y periodistas que visitamos la ACG en febrero, como parte del curso de cambio climático y resiliencia organizado por La Voz. 

“Son dos leyendas caminando”, dirá después uno de los participantes del taller. Es una afirmación bastante certera. Esta pareja de científicos es en buena medida la responsable de la creación del Área de Conservación Guanacaste, la única área de Costa Rica que tiene dentro de su ecosistema los cuatro tipos de bosque: seco, húmedo, nuboso y marino en 169.000 hectáreas protegidas.

Esa “conectividad biológica” entre los ecosistemas, en bloques grandes y unidos, los vuelve más fuertes y resilientes ante los embates climáticos. Por eso es que Blanco insiste en que es nuestra última esperanza realista de salvar al bosque seco de un futuro devastador por el aumento de temperaturas.

Pero tratemos de dimensionar primero el lugar en el que estamos. El Estado protegió el Parque Nacional Santa Rosa en 1966, sobre todo para conservar la Casona, símbolo de la Campaña Nacional de 1856. Pero la verdadera hazaña de protección del bosque iniciaría unos años más tarde. 

En su último artículo “Converting a tropical national park to conservation via biodevelopment” (Convirtiendo un parque nacional tropical a conservación a través del biodesarrollo, publicado en la revista BioTrópica), Janzen y Hallwachs explican que su preocupación principal eran los fuegos. A principios de los 80s habían estado en Australia y vieron el impacto de los incendios inacabables en el bosque tropical seco. Eso les levantó las alertas: en el bosque de Guanacaste pasaría lo mismo si no hacían nada. 

En 1984 un medio sueco lo entrevistó a él cuando recibió el Crafoord Prize por sus estudios coevolutivos. La periodista le preguntó: «¿Qué estás haciendo para la conservación?» y Janzen le dijo: «Nada». Pero luego agregó: «Pero si quieres recaudar fondos para la conservación, puedo llevárselos a otras personas que trabajan en eso». 

En el artículo, la periodista colocó un número de cuenta y, seis meses después, les mandó $25.000 de donaciones de ciudadanos suecos  para comprar bosque. El premio Crafoord les había dado $100,000 y con todo lograron comprar las 395 hectáreas de “Finca Jenny”, en el extremo noreste de Santa Rosa, para protegerlo de por vida. 

Y así han ido, de una en una. En 1985 Janzen presentó la idea de crear lo que entonces se imaginaban como “una gran hacienda” a un grupo de conservacionistas aficionados en Estados Unidos y nadie le dio bola, pero una joven profesional y costarricense que trabajaba para The Nature Conservancy (TNC), y que estaba presente en la presentación, terminó ayudándoles a que los fondos de donaciones estadounidenses para el proyecto de restauración pasaran por TNC y fueran deducibles de impuestos. 

Janzen y Hallwachs también le llevaron el proyecto a organizaciones y a gobiernos en Costa Rica. En su artículo cuentan que el entonces presidente Óscar Arias les dijo: “suena bien mientras no nos cueste nada”. Pero ellos solo estaban buscando el “permiso político” para continuar su peregrinación por instituciones. 

Este es solo el comienzo. Después vendrían años de acuerdos, burocracia y grandes negociaciones con finqueros vecinos. 

Ha sido un proceso de casi 40 años de trabajo, casi 350 propiedades para armar todo este bosque protegido, una inversión de $110 millones, más de 16.000 diferentes donantes…desde niños en Japón vendiendo pan en las escuelas para comprar una hectárea de bosque en la ACG”, cuenta Róger Blanco tratando de resumir toda una vida en una sola oración. Y el proceso no ha terminado. 

La casa arde 

Los parataxónomos son la familia que tuvieron Winnie y Dan, como les dicen de cariño en el bosque a Hallwachs y Janzen. En la ACG trabajan más de 150 colaboradores. De ellos, 36 personas de la comunidad se dedican a buscar orugas y otros insectos para contabilizarlos o llevarlos a los once criaderos que tienen. 

Los hallazgos de los últimos años han logrado demostrar el daño del cambio climático sobre el bosque. “La biodiversidad es un sensor”, dice Janzen. En 1984, cuando ponían una sábana con reflectores en mitad de una noche de luna nueva, la cantidad de insectos que llegaban la cubrían por completo. Siguió sucediendo algo similar hasta el 2007… pero en el 2019 apenas unos cuantos bichos se acercaban. 

 

 

 

 

 

 

 

“Hemos regresado del campo sin una larva”, cuenta uno de los parataxónomos en la presentación de Janzen. 

Ver la imagen por primera vez, narrada además por el científico de 80 años, nos abre una herida en la conciencia a quienes lo escuchamos. A algunos les ruedan las lágrimas. Él continúa y nos muestra más gráficos: aunque la cantidad de parataxónomos se estabilizó en más de 30 desde el 2005, la caída en la cantidad de orugas encontradas pasó de unas 50.000 ese año a 20.000 en el 2019.

La reacción es en cadena: con el número de orugas baja también la cantidad de parásitos, que según Janzen son indispensables para lograr un balance ecológico en la agricultura. Y también el número de aves, que vienen del norte a buscar el calor de Costa Rica, pero no encuentran qué comer. 

Blanco agrega otros efectos de los eventos climáticos en el ecosistema: en el 2015, Guanacaste tuvo la lluvia más baja de los últimos cien años. La sequía provocó que árboles “robustos” como el cedro amargo y el níspero sufrieran tal estrés hídrico que se murieron. En las parcelas de los investigadores de la ACG, la mortalidad del bosque pasó de un 2% habitual a un 8% ese año. 

Cuando uno hace pan en el horno pone una temperatura de 180 grados. Si lo pone a 187 grados, sube el pan y se le quema, porque está en el límite. Igual pasa en el bosque seco. Las especies de bosque seco están en su límite de tolerancia”, explica Blanco. 

A falta de alimento, en el 2015 algunos monos dejaron de reproducirse durante la sequía y las crías que sí nacieron se murieron porque las hembras no tenían leche para alimentarlas. 

Fue un evento extremo que todavía los científicos no han logrado relacionar con el cambio climático, sostiene Lenin Corrales, investigador del Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza. Pero es una buena guía para pensar cómo será el mundo cuando aumenten aún más las temperaturas. 

La fortuna de la ACG es que la conectividad entre ecosistemas permite que algunas especies comiencen a migrar hacia zonas más altas, donde encuentran su temperatura habitual. Algunos árboles logran que el agua le llegue a sus hojas con más velocidad, y no mueren, entonces se van adaptando. 

Eso nos da pie a otras líneas: si vamos a restaurar o sembrar árboles, no es cualquier árbol el que vamos a sembrar en estas condiciones, tenemos que dirigirnos a árboles que puedan sobrevivir en estas nuevas condiciones”, explica Blanco. 

El panorama luego de las charlas de los tres especialistas pareciera desolador e insoportable para los participantes, pero también lo consideran realista. Aunque buena parte del cambio climático no depende de qué decisiones tome un solo individuo, restaurar y conservar el bosque seco se siente como una urgencia al escucharlos. 

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