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Güicho Pizarro: el último boyero de Liberia

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José Luis Villareal Villareal, “Güicho Pizarro”, es una especie en peligro de extinción. Ser arenero y boyero, incluso en Guanacaste, no es común en esta época de Uber y pickups, pero aunque su carreta no sobrepase los diez kilómetros por hora, esta arrastra años de historia liberiana entre sus ruedas.

Por el barrio La Carreta, entre los árboles de Ylang-Ylang, se abre paso su estampa de sombrero de lona raído, caminando con paciencia y comandando a las bestias.  En su mano derecha sostiene su chuzo especial hecho con madera del árbol de talcacao, ideal para guiar a los bueyes por ser firme y a la vez liviano, afirma él.  

Es común verlo en el centro de Liberia con sus bueyes, su camisa azul descolorida y su pecho curtido al sol, contrastando con los carros y el asfalto brillante de la ciudad.

 

 

Puede que no sea el único  boyero de Liberia (ni tampoco el último), pero sí es el más leal a la tradición. Todos los días, Güicho se levanta a las tres de la mañana a cargar su carreta con arena, piedra, leña y hasta hace viajes al basurero municipal de Liberia para botar desechos orgánicos como ramas y otras cosas que el camión de la basura no se lleva.

¿Por qué la carreta y no un pick up? Su respuesta es sencilla y lógica: “La carreta entra donde no entra el carro”.

El Solito, uno de los bueyes de Güicho, se ha encariñado tanto con él que se pone celoso con los nietos del boyero. 

 

Güicho deja la carga literalmente en la puerta o en el patio de la casa si el cliente así lo pide. La gente pasa por su casa en barrio Condega y le dice, por ejemplo, cuántos metros de arena necesita y dónde descargarlos. Al día siguiente, el cargamento está allí mismo.

¿Se puede vivir del oficio de boyero? Pizarro asegura que sí. El metro de arena lo cobra a ¢10.000, ¢14.000 el de piedra, y la raja de leña a ¢15.000. Dice que así ha podido darle el arroz y los frijoles a su familia de cinco hijos.

Mejor boyero que sabanero

Pizarro nació hace 68 años. Su anhelo de niño era ser sabanero de hacienda, pero en aquellos tiempos en Guanacaste era todo un reto ostentar ese cargo.

“Ser llamado sabanero era todo un orgullo y prestigio. Pero era muy tallado, si se le pijeaba (escapaba) el ganado, los mandadores lo jodían a uno”, recuerda.

Güicho se presenta en escuelas para que el símbolo del boyero no se olvide.

 

Uno de estos castigos consistía en subir al aprendiz de sabanero a la cumbre de un árbol donde se encontraba un zopilote muerto y amarrar a la persona junto al animal en descomposición durante todo un día.

Aunque Pizarro relata que nunca pasó por tal experiencia, sí supo de casos de amigos suyos a los que les tocó. Por eso, él mejor se decidió por el oficio de boyero que aprendió de niño, pues su padre, Teodoro Pizarro, lo llevaba siempre en la carreta de la familia a sacar arena del río.

Tal vez si su padre no hubiera insistido en que Güicho trabajara con él en lugar de ir al colegio, su presente sería otro.

“Yo era bueno para la matemática. De hecho, mi maestro de sexto grado, Manuel Córdoba, hasta me tenía matriculado en el Colegio Agropecuario, pero mi tata no me dejó”.  

El susto de la mona y la mujer de pelo blanco

Desde entonces, Güicho Pizarro ha vivido muchas historias y anécdotas

con su yunta de bueyes.

Recuerda la vez en que la mona se le rió entre las ramas de los árboles y le asustó a sus animales.

“Una vez de madrugada la mona se me reía, me meneaba las ramas de los árboles, me gritaba y me pegaba silbidos, nunca la pude ver pero la bandida me asustó a los bueyes”, relató.

Otro susto que se llevó el boyero fue cuando tenía 30 años e iba rumbo a Bebedero de Cañas.

En esa oportunidad ya casi iba amaneciendo cuando, al pasar por un lugar llamado La Enagua Negra, se le erizó la piel,volvió a ver hacia atrás de su carreta y apareció sentada una mujer de cabellera blanca.

“Cuando ví esa mujer montada atrás en la carreta espanté los bueyes para que salieran soplados, luego volví a ver y ya no había nadie, fue un susto tremendo”.

Su legado: la carreta liberiana

Pizarro cree que su mayor legado son sus tres carretas. Una tiene ruedas de madera, estilo guanacasteco; otra, más moderna, tiene las ruedas revestidas de hule y su favorita, la Carreta Liberiana, tiene ruedas de hierro o “de rayos”, como él las llama.

Güicho se enorgullece de que su carreta aún tenga ruedas de hierro.

 

Él mismo la hizo con madera de laurel y le costó unos ¢100.000 hace 40 años. De esa cantidad de años rodando es que la bautizó con ese nombre, pues ya ha recorrido todas las calles de Liberia.  

Es, además, la carreta que saca para eventos especiales como los festivales en honor a los boyeros.

De eso también tiene anécdotas, pero la que mejor recuerda es de 1994, cuando participó en su primer festival en San José.

“Cuando bajé la yunta del camión y vi todas esas otras carretas bien pintadas y nítidas y a los boyeros de manga larga bien arreglados, me sentí como un perro en un saco”, afirmó.

Sin embargo, los organizadores del evento le dieron el primer lugar por ser el único que representaba al verdadero boyero.

“Creo que ellos se dieron cuenta del amor que siento por esto”, adivina él.

En diciembre del año pasado, Güicho fue nombrado mariscal del festival Blanca Navidad  junto con su amigo, Rafael Zúñiga, alias “Pellejo de Lora”.

“¿Usted cree que es el último boyero de Liberia?”, le pregunto.

“Yo creo que sí”, responde seguro.

“Para ser boyero hay que tener mucha paciencia y amor por los bueyes y hoy ya nadie se anima a montarse en la carreta”.

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