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Imágenes para alzar la voz: nicoyanas usan la fotografía como terapia colectiva

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Cada vez que Valeria Briceño habla, corre una estampida de oraciones rápidas y con fuerza. Sus palabras se esparcen lejos en todas direcciones, explica que esa es ‘su voz de teatro’. 

Desde niña no ha cumplido con los roles que los demás han esperado de ella. Nunca quiso jugar con muñecas, tampoco quedarse en la cocina donde ‘deben estar las mujeres’. Hoy tiene 27 años, ya casi se cumple un año desde que vivió el hueco más profundo de su depresión. 

Cuando abrió los ojos a los diferentes tipos de violencia que ha experimentado durante su vida por el hecho de ser mujer, se enfrentó al espejo y no le gustó lo que vio.

“Darme cuenta de absolutamente todo eso fue un golpe emocional. ¿Qué estás haciendo con tu vida? Es como el dolor antes de lograr el perdón hacia uno mismo”, cuenta.

Ahora está empezando a sentirse mejor mientras trabaja sus inseguridades de distintas maneras, la fotografía le ha ayudado en este proceso.

Vale, más que mil palabras

“Yo soy media cuadradilla por mi contextura, entonces en mi familia me decían Tamal. Y un día me tomé una foto media chinga y dije: ‘voy a ponerle hashtag tamales’. Es como decir ‘bueno, esto me hace sentir mal, pero lo voy a utilizarlo a mi favor’.

Con el objetivo de seguir aprendiendo sobre esta nueva manera de expresión, participó en el taller que la fotógrafa Mari Arango Giraldo realizó con mujeres de Nicoya entre agosto y octubre. Este fue uno de los 38 proyectos que ganó la convocatoria extraordinaria del Fondo de Becas Creativas del Ministerio de Cultura y Juventud en Guanacaste.

Valeria y otras nueve nicoyanas exploraron durante tres meses su propia vida a través de la imagen. El taller les enseñó a utilizar la fotografía como un papel en blanco para expresar sus experiencias, deseos y emociones.

Estudiantes, emprendedoras, locutoras y profesoras de todas las edades utilizaron la fotografía y el collage para reflexionar sobre su vida cotidiana. Algunas de ellas, como Valeria, han atravesado círculos de violencia, otras no, pero sus imágenes al final se convirtieron en diarios que narran a través de instantes su forma de ser e interpretar el mundo.

“El taller fue creado con la intención de emplear la fotografía como una nueva herramienta para la transformación de las mujeres de zonas rurales”, comenta la fotógrafa.

Durante las clases aprendieron conceptos de diseño y técnicas para utilizar mejor la cámara de su celular. Pero lo interesante vino después, cuando en los círculos de discusión hablaron sobre las imágenes que habían creado y cómo las hacían sentir.

“Al escuchar las historias de cada una de las participantes, entendimos que nuestro pasado no nos define o nos hace menos fuertes. Esto fue algo que nos recordamos desde la primera clase hasta esta última, lo fuertes y resilientes que somos todas”, añade Arango.

Valeria recuerda que cada clase fue una oportunidad para aprender no solo la teoría, sino que encontró una maestra en cada una de sus compañeras sin importar la edad o grado académico.

Crédito: Valeria Briceño
Crédito: Valeria Briceño

Soltando el peso

A la mitad de un noviazgo de seis años, Valeria se dio cuenta que ya no quería seguir más en la relación. Su pareja de entonces le decía cómo vestirse, controlaba con cuales amigos podía salir y la presionaba para tener relaciones sexuales cuando ella no quería.

“Yo no sabía que eso era una violación y pues lo viví muchísimo tiempo, y yo no me daba cuenta. Son cosas que uno ya va aprendiendo con el tiempo”, añade.

Una historia tras otra, y en cada una ejemplifica las agresiones psicológicas y verbales que vivió, y que desembocaron en un “trauma que le dejó la autoestima por el suelo”.

“Ese proceso de abrir los ojos pues no opaca el alma, pero le duele, porque pesa a la hora de liberarlo”, dice Valeria como si recitara un poema a toda velocidad.

Es un proceso lento y con altibajos, por eso aún se descubre repitiendo comportamientos que son secuelas de sus antiguas relaciones.

“Uno tiende inconscientemente a buscar los patrones y cuando no los encuentra se queda como ¿dónde están los celos, dónde están los pleitos? ¡No le importo, porque no me cela! Y es ese mismo daño psicológico”, agrega.

Ella percibe que las oportunidades para tratar estos temas en Nicoya son casi nulos, debido a que las mujeres que luchan contra la violencia de género son señaladas. Según Valeria, los comentarios negativos de la gente inhiben mucho a quienes todavía les cuesta soltarse un poco más.

Cuando recibió el taller habían pasado cinco meses desde el primer caso de COVID-19 en Costa Rica, y los efectos que esto trajo hacía estos espacios cada vez más necesarios. 

Crédito: Jenny Toruño
Collage de varias participantes del taller

Imágenes contra el encierro

Semana tras semana las clases se fueron poblando de paisajes, desnudos y detalles. Una mujer fotografió por primera vez su cuerpo semidesnudo. Otra hizo una pausa para disfrutar los colores del barrio por donde camina a diario. Una más registró el momento exacto en que inauguró su salón de belleza.

Elcira Ruíz es una exprofesora pensionada de 57 años extrovertida y alegre, que confiesa llenar la memoria del celular frecuentemente a punta de fotografías. “Para mí la fotografía significó recuperar el derecho a seguir imaginando y a contar la vida en imágenes”, comenta.

Dos sábados al mes estas mujeres encontraron una oportunidad para conversar y dejar de lado por un momento la coyuntura que atravesamos.

La emergencia sanitaria y económica ocasionada por el COVID-19 trajo muchas consecuencias negativas para nuestro país, especialmente para las mujeres. Una de ellas ha sido la sobrecarga de tareas en el hogar. Aunque en el país esta percepción no se ha confirmado con datos, en algunas naciones como Argentina hay encuestas que la respaldan. 

Para Gladys Avila, otra de las participantes, el taller se convirtió en un escape para olvidarse de la crisis.

“Permite [a las participantes] salir de la casa y estar haciendo algo que no es pensar en la situación económica, o en los problemas de salud que pueda tener cada quien, de acuerdo a la situación que tenemos hoy en día”, comenta.

Crédito: Gladys Avila
Crédito: Jennifer Alvarado

La recarga de tareas domésticas es solo una de las manifestaciones de violencia de género que viven algunas nicoyanas en sus hogares. 

Según un análisis realizado por La Voz de Guanacaste, entre el 2015 y el 2019 el Juzgado de Familia y Violencia Doméstica del II Circuito Judicial de Guanacaste reporta 4.569 denuncias por violencia doméstica en Nicoya. Este es el segundo cantón con más denuncias, solo por debajo de Santa Cruz con 6.039.

“Se lo puedo asegurar que en Nicoya es la primera vez que pasa un espacio de estos. Y fue muy aprovechado porque en zonas rurales todavía hay mucha mayor brecha”, explica Patricia Ruiz, una de las participantes al taller y sobreviviente de violencia doméstica. 

“Aquí habemos mujeres, digamos un poquito empoderadas, pero ojalá llegar a esas mujeres que no tienen ganas de hablar o usted las ve retraídas. Tal vez en una fotografía ellas pueden decir todo lo que ellas guardan en sus sentimientos”, agrega Patricia.

Créditos: Patricia Ruiz
Créditos: Elcira Ruíz

La fotógrafa documental y parte del Colectivo Nómada, Gabriela Téllez, opina que hablar del problema y sus secuelas a veces puede ser difícil para la persona afectada. Es ahí donde la elaboración de imágenes tiene un rol vital de mediación entre el mundo interior y exterior. “Porque crear una narrativa implica ordenar los hechos, tomar cierta distancia de los acontecimientos y explorar con una visión de creación aquello que en algún momento fue todo lo contrario, lo destructivo”, explica Téllez.

El taller también les mostró cómo analizar las fotografías para entender cómo han representado a la mujer a través de la historia. Todo esto al mismo tiempo que tocaron temas como el autorretrato, la identidad y el cuerpo. 

“Ahora veo más allá, en vez de una simple foto veo una historia vivida, un recuerdo, un sentimiento y una manera de acercarme a mí misma”, cuenta la participante Daniela Obando.

La psicóloga de la Oficina Regional del Inamu, Zeidy Mata, explica que cuando los procesos de capacitación incorporan técnicas lúdicas, como la fotografía, las participantes inician un proceso reflexivo, obtienen herramientas personales para afrontar sus problemas y empoderarse.

Valeria, por su parte, espera en algún momento poder abrir un espacio similar al que compartió durante el taller de fotografía, para que otras mujeres puedan compartir su experiencias y conocimientos. 

Ella quiere acuerpar a otras mujeres y ayudarlas a identificar los tipos de violencia que ha vivido. “Así nos vamos haciendo como más unidas, eso es lo más importante entendernos un poco más y liberarnos”, explica.

Créditos: Ari Chavarría
Créditos: Jimena Naranjo
Créditos: Greys Zuñiga
Créditos: Daniela Obando
Créditos: Elcira Ruiz

 

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