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La educación que queremos

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¿Se han puesto a pensar cuánto tiempo al año pasan sus hijos en la escuela?

Calculemos que un día lectivo tenga 5 horas en promedio. Si cumplimos con la norma de los 200 días de clases, tendríamos un total de 1000 horas lectivas al año, poco más de 40 días completos, sí, de días de 24 horas con madrugada, día y noche. Quizá no parezca tanto cuando el año tiene 12 meses pero lo cierto es que los estudiantes de escuelas primarias públicas en Costa Rica pasan mucho más tiempo en sus casas o con sus familias que en las aulas. Y no digo que eso sea bueno o malo, sino que así es. 7760 horas en casa versus 1000 en la escuela. Gran diferencia, ¿no les parece?

Y es que para enseñar la verdadera educación -la que perdura y sirve para toda la vida- no se trata de llenar una caja con datos o conocimientos sino de encender una llama, una que bien encendida producirá un fuego que nunca se acaba, un deseo constante por aprender y compartir el conocimiento relevante. Para dicha nuestra el aprendizaje es un fenómeno ubicuo, es decir, la oportunidad de aprender está presente en todo lugar y en todo momento. Eso me lleva a creer que la verdadera educación más tiene que ver con actitudes y carácter que con mera información. La verdadera educación tiene lugar en la casa y en la vida comunitaria, no necesariamente en la escuela. Debemos desarrollar competencias y habilidades en los más pequeños que les permitan aprender siempre, con otros y de otros. Los teléfonos inteligentes, los maravillosos libros y las computadoras, tendrán mucho que enseñarnos para la vida si sabemos utilizarlos adecuadamente.

Recuerdo bien que durante mi infancia tenía responsabilidades diarias en casa, y que mamá nunca pedía algo que no daba. El ejemplo ha sido y seguirá siendo el mejor maestro de todos, la coherencia el mejor libro y la constancia el mejor cuaderno para escribir una historia de éxito. Los niños no aprenden de alguien que no les gusta; necesitan un campeón que los inspire con acciones más que con palabras, alguien que logre sacar lo mejor de sí y de ellos cada día, que  demuestre el valor de la autenticidad ante cualquier circunstancia.

Es verdad que las escuelas son laboratorios de convivencia por naturaleza. Allí se encuentran con personas de su misma edad o de edades parecidas que piensan y viven de maneras distintas, que sienten emociones distintas y que no necesariamente las gestionan de la misma forma. La diversidad hace del aula un lugar mágico, y por eso la tolerancia allí se aprende fácil si tenemos una buena guía en el hogar, porque la familia será siempre la base de la verdadera educación.

La música que escuchamos, los programas que vemos en la televisión y los medios de prensa de los que obtenemos la información, afectan en buena medida el proceso de enseñanza-aprendizaje de nuestros niños y condicionan su visión de mundo. ¿Qué estamos leyéndoles? ¿nos sentamos con Ellos a comentar la realidad de nuestra comunidad? ¿les explicamos la importancia de ser buenos vecinos y ciudadanos?

Antes de cualquier profesión u oficio, somos personas. Eso es algo que no podemos olvidar nunca, personas con derechos y responsabilidades. Yo procuro nunca dejar de aprender y disfruto mucho educándome, aprendiendo de otros y con otros: observo, indago y pruebo. La sociedad espera mucho de nuestro Guanacaste, de los guanacastecos.

¿Le estamos dando al mundo lo mejor de Nosotros? Me gustaría pensar que sí.

 

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