Comunidad, Opinión

En memoria de Álvaro Cascante, lagartero y luchador de la comunidad de Ortega, en Santa Cruz

“Yo soy lagartero, de los más viejos quizá que hay ahorita, pero hay otros más viejos por ahí. Toda una vida, desde que yo tengo uso de razón, hemos estado a la par de la actividad, sino con mi papá con mis hermanos. Esa tradición, su fecha de inicio se perdió en los tiempos…». 

Álvaro Cascante Barrantes – Lagartero de la comunidad de Ortega de Santa Cruz de Nicoya.

“Vaya y entreviste a Don Álvaro”, me dijo Humberto. O quizá fue Pablo, o Uriel. Alguno de los lagarteros jóvenes. Acababa yo de llegar a la comunidad de Ortega con el objetivo de documentar la lagarteada por primera vez. Ahí lo conocí, eso fue en 2015.

Mi idea inicial era producir el primero de una serie de libros de fotografía acerca de diferentes tradiciones culturales costarricenses, extravagantes y poco conocidas. La existencia de una comunidad que los viernes santos se metía al río para sacar cocodrilos, con tan solo un trasmallo, algunas cuerdas y varas, me cautivó de inmediato. Sin embargo la idea inicial fue cambiando con el tiempo, con las caminatas, con las entrevistas, con el cariño cercano de la comunidad de Ortega, en Santa Cruz de Nicoya, Guanacaste.

Álvaro Cascante me pareció desde un principio un personaje muy interesante. Tenía sin duda un liderazgo y una autoridad que le eran reconocidas, con naturalidad, por un sector considerable de su pueblo, especialmente por los lagarteros más jóvenes. Lo recuerdo con su agenda de notas bajo el brazo, con un lapicero en la bolsa de la camisa y su infaltable gorra, sentado en la soda de su casa o caminando por las calles de Ortega. Tomaba la palabra en las reuniones de lagarteros y todos escuchaban con respeto. Y su opinión tenía peso.

Años más tarde, mientras yo trabajaba en una semblanza fotográfica de los lagarteros, las cosas dieron un vuelco. La muerte en cautiverio de un cocodrilo, capturado el viernes santo del 2017, levantó un debate nacional que Álvaro Cascante supo encarar con absoluta lealtad a su pueblo y a lo que consideraba que era un legado cultural irrenunciable. Tras conversarlo con él, propusimos la creación del Proyecto Cocodrilo Sagrado al grupo de lagarteros de la comunidad, que aceptó llevarlo adelante. Y comenzó un camino, para nada sencillo, de encuentros y desencuentros con el SINAC, con académicos, con los medios de comunicación y con la comunidad misma, que se vio obligada a repensar su tradición cultural sin renunciar a ella.

Talleres con los niños y niñas de la comunidad, exposiciones fotográficas, conversatorios, los primeros avances de lo que algún día será el Festival del Cocodrilo Sagrado, contaron siempre con el aporte y participación de Álvaro, que mantuvo siempre una actitud coherente, defendiendo su causa desde todas las trincheras a la que tuvo acceso. Quedan cosas pendientes, por supuesto. La publicación del libro sobre la lagarteada y el documental sobre los lagarteros, la construcción del Museo del Cocodrilo en la comunidad, entre otros, llevarán el espíritu y la huella de Álvaro Cascante cuando en el futuro se concreten. 

Pero Álvaro fue mucho más que un lagartero viejo de Ortega. Fue un líder comunal muy valioso, que aportó a la lucha por el agua en su pueblo, por la mejora de los caminos y de las condiciones de vida de sus vecinos y vecinas, actuó por la defensa del medio ambiente de la zona, en especial en la denuncia de la destrucción de los humedales que sirven como hábitat del Crocodylus acutus, en la cuenca del río Tempisque, y fue un miembro activo de la Asociación de Desarrollo  de Ortega durante muchos años.

Álvaro fue un hombre luchador, orgullosamente guanacasteco, férreo defensor de su cultura, coherente y sincero, alegre, agudo en sus observaciones, astuto y bondadoso. Y era también mi amigo. Siempre tuvo para mí su puerta abierta, un plato de comida, la mayor disposición y apertura para emprender proyectos, su palabra sencilla pero honesta, su cariño. A su lado aprendí de humildad, de sabiduría del pueblo, de calor humano. 

Extiendo mi más sincero pésame a toda su familia, a Andrea Cascante, a Yennier Cascante, a su compañera de vida, a su hermano Yamil, y a toda la organización de lagarteros.

La comunidad de Ortega está de luto. Yo también.

*Allan Barboza-Leitón es productor audiovisual y fotógrafo. También es fundador del Proyecto Cocodrilo Sagrado y ha colaborado en varias ocasiones con artículos y fotografías para La Voz de Guanacaste. 

 

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