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Postales eternas de una excursión a la playa

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Más de uno tiene recuerdos de una infancia llena de caóticos viajes a la playa en familia. Los míos están tan frescos que, a mis 29, siento que pasaron hace un año: abuelo Beto pidiendo a última hora que le empaquen “la gurupera” (su tanga para meterse al agua) y el Isuzu Trooper ‘88 de mi tío Bene atiborrado de primos.

Al final, ignorando las leyes del tránsito y de la física, lográbamos encajar todos, junto con las ollas y las hieleras, para empezar un viaje que mi exasperación infantil hacía ver eterno.

Después de descargar todo en la arena, el resto del día transcurría con una serie de ritos populares que aún hoy, pueden presenciarse en muchas playas de Guanacaste. Las preferidas por los costarricenses según este PowerPoint hecho por el Instituto Costarricense de Turismo ( ICT) hace 6 años sobre los hábitos vacacionales.

Una de ellas es Puerto Carrillo, en Hojancha, donde Angie, de 28 años, le da vuelta a un salchichón semicalcinado, con un tenedor de plástico medio deshecho. “Nos vinimos para ver el atardecer y escapar un poco de la rutina”, me dice un domingo soleado de noviembre.

Su hijo menor, Donovan, devora el embutido con las manos llenas de arena. A pocos metros de ambos, Fiona, la mayor, se entierra una vez más aunque ya la han bañado dos veces.

Esos periplos familiares a la costa representan el 73% del turismo interno que ocurre casi siempre a final y principio de año, cuando las hojas de la provincia se secan y las de tamal se limpian.

Playas como Puerto Carrillo y Sámara (fotografiadas acá) atestiguan las mejengas a horas cancerígenas. Los gallos de carne, las latas de cerveza, los queques de cumpleaños, las tortillitas, la música alta y… más latas de cerveza. El 83% de los nacionales prefiere llevar su propia comida, y los poyos de cemento llenos hasta el tope lo confirman.

Las vacaciones de final de año, tan espontáneas y tan esperadas, son un safari de nuestra propia identidad, donde podemos ver sin binoculares los rituales familiares de nuestros vecinos, esos que nos distinguen pero, sobre todo, que nos hace tan similares entre nosotros.

“Hicimos una piscina pero nunca llegó el agua”, dice Adán Steve Sequeira, de 12 años, que viajó con su familia desde Maquenco de Belén de Nosarita para inaugurar la salida de clases.
Los hombres de la familia Campos Pérez esperaron a que bajara la marea de playa Sámara para mejenguear bajo el sol cruel de las 3 p. m.
José Alberto Barrantes se hizo un gallo de “rostichón”, como él lo llama, para ver el atardecer junto a su familia.
Edith Gómez, de Santa Marta de Hojancha, parte su queque de cumpleaños número 11 para compartirlo con papás, tíos, primos y hermanas en Puerto Carrillo.
Durantes las siestas de media tarde en Puerto Carrillo, se ven hamacas, sábanas y almohadas bajo la sombra de las palmeras, a la orilla de la carretera.

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