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Violines y melodías, así es como una familia de Liberia aleja a sus niños de la exclusión

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Pamela López Meléndez levanta el colchón y saca una carpeta llena de partituras. En este cuarto caliente y sin ventanas duerme con su hermano mayor, Christopher, y ensaya de pie las melodías que aprenden juntos en clase.

Los violines con los que practican se los presta el Sistema Nacional de Educación Musical (Sinem) de Liberia desde hace un año y medio, cuando demostraron tener un nivel suficiente para poder practicar desde su casa, ubicada en el barrio El Capulín. Para sus padres Gilma Meléndez y Cristian López  era imposible pagar los ¢97.000 que cuesta cada instrumento.

Los 42 niños de la Orquesta de Cuerdas Bistro del Sinem ensayan en el Museo Guanacaste para su último ensayo del año el 4 de diciembre.

El Capulín es un barrio urbano cerca del centro de Liberia, con una calle principal que va perdiendo pavimento conforme las casas se van haciendo más pobres. Cien metros después de que se acaba el pavimento, queda la casa que alquilan Gilma y Cristian.

El lastre pasa bajo el portón y entra por el patio de la casa, donde hay colchonetas, sillones y ropa tendida. En una tarde de diciembre, Pamela se sienta en uno de los sillones empolvados del corredor y conversa entusiasmada sobre la música.

No hay rastro de la niña que era hace dos años, cuando bajaba la mirada y escondía las manos al hablar. “Es increíble lo que el Sinem hace por estos niños”, dice Gilma con una voz apacible.

Milagro sostiene las partituras de su hermana Pamela mientras practica en su casa con el violín que le presta el Sinem.

Antes de entrar a estudiar violín, la familia vivía en un precario en el que a Pamela le hacían bullying. Los niños la dejaban ser parte del grupo solo si se dejaba pegar, entonces Gilma le dijo a Cristian: “nosotros nos criamos en este ambiente de violencia, no es necesario que nuestros hijos tengan que vivir acá también”.

Así fue como dejaron la casa propia que tenían y se fueron a alquilar a otro sitio en que los niños conocieran más gente. También los metieron al Sinem, donde Pamela fue superando la depresión y baja autoestima a punta de violín, amigos nuevos y planes que la mantienen motivada.

“Cuando llegue a ser maestra de violín, me voy a sentir muy contenta y orgullosa, sobre todo por quienes me han apoyado”, dice Pamela, quien anhela tocar una partitura ella sola frente a muchas personas en México, porque “dicen que es un lugar grande y precioso”.

Pamela y sus compañeros darán en unas horas su último concierto del año en la feria GuanacasteArte en Cañas.

Frente a ella, sentado en una silla del comedor, Christopher busca en su celular “Born Ready” de Dove Cameron, su canción favorita. Antes pasaba horas frente a la pantalla del teléfono jugando. Ahora, esos minutos se los dedica a buscar música que quiere aprender a tocar.

Tiene apenas 12 años, pero a  veces le sale a su mamá con frases como: “Si vos no podés pagarnos la universidad, yo sé que dando clases de violín podría lograrlo”. Sus ideas parecen mayores a él. “No todo es fácil en la vida, pero la recompensa es grande”, dice reflexionando sobre  la vez que falló el examen para entrar a la banda del profe Pablo.

Su modelo a seguir es justamente ese profe que un día le dijo que no, pero luego del segundo intento le dijo que sí: el profesor Pablo Vega, quien también fue alumno del Sinem y dirige la banda Bistro, de la que forman parte 42 niños, entre ellos Christopher y Pamela.

La Orquesta de Cuerdas Bistro tocaron canciones como El bals del caracol, El bals del Big Ben, Agua y Los elefantes.

Un cambio en las partituras

Cuando baja el sol, Gilma y una vecina mueven a Cristian, el papá de los niños, hasta una colchoneta en el patio de lastre, a la sombra, donde él toma las siestas de la tarde.

Hace seis meses, Cristian salió de su trabajo como fontanero en Hacienda Pinilla. Eran las 5:30 p. m. y caía un aguacero horrible. Como de costumbre, tomó la moto —la moto a la que su esposa tanto miedo le tenía— y se fue a su casa. Sobre la carretera de Santa Cruz venía un camión a toda velocidad que chocó con un caballo. Por el impacto, el animal cayó sobre el carril en el que Cristian manejaba la moto.

“Cristian seguramente no lo vio. Eso es lo que me han contado los compañeros, hasta que él pueda hablar y me cuente ojalá, ojalá se recuerde”, dice ahora Gilma. El accidente le paralizó la mitad del cuerpo y lo dejó sin habla.

Christopher toca violín para su papá hasta que se queda dormido en el patio de su casa en Barrio El Capulín de Liberia.

La recuperación ha sido un proceso lento. Ella dejó su trabajo como jefa del salón de bebés en una guardería para acelerar la recuperación de su esposo. Ahora solo tienen el dinero del seguro para costear todos los gastos.

La escasez de dinero quizás los obligue a regresar a la casa propia que tenían en el barrio que vivían antes, en el que le hacían bullying a Pamela. Lo que no está entre los planes es sacar a los niños del Sinem: este año intentarán obtener una beca que los exima de pagar los ¢10.000 de matrículas y mensualidades. Como el programa acepta a niños con todo tipo de poder adquisitivo, algunos padres subvencionan las matrículas y los gastos de los que no pueden pagar.  

Con el violín a medio afinar, Christopher cruza el patio lleno de ropa mojada hasta llegar a la colchoneta donde está acostado Cristian.  “La música me permite expresar lo que siento”, dice con ese aire de persona mayor que lo caracteriza, y se sienta en el colchón para tocar el violín hasta que su papá se quede dormido.

Gilma Meléndez mira desde el público el último concierto de sus hijos, donde ejecutan todo lo que han ensayando durante el año.

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