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Los balsameros de Guanacaste que vivieron de la savia de los árboles

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Traductora: Arianna Hernández

Alfonso Bustos atravesaba el bosque por los senderos que él y su papá hacían para poder llegar de un árbol a otro.

“No teníamos tierra, de modo que alquilábamos los árboles”, escribió Alfonso en un pequeño texto en que narra este breve capítulo de su vida.

Él y su papá llegaron a Guanacaste desde Nicaragua a mediados de 1900 buscando un árbol en específico, uno con el que habían aprendido a ganarse la vida. Ese árbol es conocido en Latinoamérica como el bálsamo del Perú y en Costa Rica como chirraca o simplemente bálsamo (Myroxylon balsamum).

Los balsameros, como les llamaban a ellos y a las otras veinte personas con quienes vinieron, llegaron a una provincia de las grandes haciendas que le apostaba a expandir potreros y criar ganado. 

Ellos, en cambio, le ponían sus fichas a la savia de los árboles de bálsamo, que encontraron en las montañas de La Garita en La Cruz, en Quebrada Grande de Liberia y en San Jorge de Bagaces. Aunque el árbol se encontraba en otras partes de Costa Rica, el oficio se desarrolló principalmente en la Región Chorotega. 

Elaboraban medicamentos, la utilizaban como cicatrizante, y como cura de enfermedades bronquiales y de otra lista interminable de padecimientos. No fue una ocurrencia del siglo pasado. Era la medicina ancestral de los pueblos indígenas y fue también el aceite sagrado que los conquistadores católicos utilizaron en sus ceremonias.

Su popularidad fue tanta que entre 1560 y finales del siglo XVI, fue el segundo producto más importante de exportación en el “Reino de Guatemala” (conformados por las entonces provincias de Honduras, El Salvador, y Costa Rica-Nicaragua).

El bálsamo era exportado en embarcaciones principalmente desde las costas de Guatemala y El Salvador hasta el puerto del Callao en Perú. Desde ahí lo distribuían a España como si fuera un producto peruano. De ahí nace el nombre de bálsamo del Perú.

¿Cómo llegó a desaparecer después de ser clave para la economía local?

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Ilustración del árbol de bálsamo incluida en una guía medicinal alemana publicada originalmente en 1897 por Hermann Adolph Koehler.

La panacea del nuevo mundo

Casi cinco siglos antes de que Alfonso pusiera un pie en Guanacaste, en el año de 1570, el médico e historiador del reino español, Francisco Hernández, navegó hasta el “nuevo mundo” donde elaboró un enorme registro de la historia natural del territorio mexicano.

Hernández recabó una gran cantidad de datos y conocimientos con la ayuda de médicos indígenas. En sus documentos sobre la Historia Natural de Nueva España, recopilados por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), menciona los beneficios de un “bálsamo de las indias” que los pueblos originarios llamaban hoitzilóxit.

Haciendo incisiones en la corteza o en el tronco de este árbol, destila aquel precioso líquido famoso en todo el mundo, y no bastante alabado todavía, que llaman bálsamo”, escribió Hernández.

Según sus textos, beber de este bálsamo era útil para “alejar y combatir innumerables géneros de enfermedades” como “las impurezas de los riñones y de la vejiga”, o conservar “el vigor juvenil por mucho tiempo”. Por si fuera poco, si las personas lo aplican como una crema, el español aseguraba que “resuelve los tumores y fortalece el cerebro”.

Toda la región se beneficiaba del árbol, porque se encontraba desde México hasta Brasil. Su savia siguió aprovechándose durante siglos. Incluso, llegó a considerarse el oro negro de El Salvador.

Desde finales de 1800, una nueva fiebre del oro empujó a una familia salvadoreña de apellido Serrano a salir de sus fronteras para buscar más árboles. Así, llegaron a Nicaragua y coincidieron con Alfonso, su familia y su comunidad. El bálsamo fue declarado a inicios del siglo XIX como árbol nacional en El Salvador.  

El largo camino a la savia

Según las memorias de Alfonso, la familia salvadoreña compró unas tierras ricas en bálsamo y los finqueros y peones de las zonas cercanas aprendieron de ellos la técnica de extracción de la resina. Entre esos su papá.

Después decidieron venirse a Guanacaste. Alfonso no detalla en sus memorias las razones de su migración. Lo que sí es claro es que aquí buscaron los bálsamos para continuar trabajando en lo que habían aprendido: extraer su savia. 

“En una época le vendimos el producto al querido maestro liberiano Edgardo Baltodano Briceño. Se lo mandábamos por carreta hasta Liberia y él lo exportaba a Nueva York”, reseña Alfonso, quien  empezó a trabajar a los 16 y terminó a los 27 porque se acabó la exportación. Baltodano fue parte de una familia reconocida en Liberia. El estadio del cantón lleva su nombre y el hospital el de su hermano, el doctor y exdiputado Enrique Baltodano Briceño.

Todo marchó bien, hasta que en una carta de 1953, Edgardo Baltodano explica a Alfonso que “el negocio balsamero se ha puesto muy malo” y le pide un poco más de tiempo para pagar los últimos barriles que envió a Nueva York. Ese fue el primer signo de que el árbol podía empezar a decaer. 

Ahora, el de los balsameros es un oficio extinto, al menos en Guanacaste. Aún hay personas que viven de los árboles de bálsamo en las cordilleras de El Salvador.

En Nicaragua, las familias que heredaron la tradición de aquella familia salvadoreña luchan para que no desaparezca el oficio y también por conservar los pocos árboles de bálsamo que quedan en su bosque seco

Ahora, algo similar está empezando a suceder de este lado del río San Juan.

Lo que no se siembra no existe

Desde hace décadas los árboles de bálsamo parecen haberse convertido en un secreto del bosque. A veces dejan ver sus semillas, pero rara vez alguien logra ver un árbol.

Así lo cuenta el ingeniero forestal Quírico Jiménez, que ha escrito varios libros sobre los árboles de Costa Rica.

Yo he andado el bosque de este país desde hace 40 años y bueno, no podría en este momento llevarlo a algún árbol [de bálsamo] que que yo recuerde”, asegura. 

Jiménez incluyó el árbol de bálsamo del Perú en su libro Árboles maderables en peligro de extinción en Costa Rica, en el año 1997. Con base en esa publicación, el gobierno de Figueres Olsen emitió el decreto 25700-minae que veda la corta del bálsamo y de otras 18 especies de árboles amenazados. 

Es más probable encontrar los árboles de bálsamo en áreas protegidas, como parques nacionales, reservas biológicas, zonas protectoras o reservas forestales, explica el ingeniero y agrega que incluso puede encontrarse en otras partes del Pacífico Central y Sur.

Una de las razones por las que ahora el árbol se encuentra en peligro de extinción se debe a que durante mucho tiempo se explotó por su madera

“La madera de esta especie es dura, es madera pesada, aromática. A la hora de utilizarla tiene acabados muy bonitos. Se ha usado para la fabricación de pisos, instrumentos musicales, por ejemplo guitarra y marimbas”, agrega Jiménez.

Aunque es tan difícil de ver, es una especie que siguen investigando. Hace apenas cinco años, cuenta Jiménez, realizaron un estudio donde determinaron que en el país hay otra especie de bálsamo (Myroxylon peruiferum) que durante mucho tiempo se confundió con el bálsamo del Perú.

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Alfonso Bustos junto a su papá en la década de 1950. Foto: Cortesía

Debido a que la población de ambas especies ha decaído, hay personas que han tomado la iniciativa de rescatarlos. Uno de ellos es Félix Díaz, un salvadoreño apasionado de los bosques, árboles y semillas. 

Hace 40 años en Castelmare en Cutris de San Carlos, Díaz inició un proyecto de restauración del bosque tropical con especies nativas: árboles, plantas medicinales y comestibles.

“La propuesta de restauración del bosque es contra el calentamiento global y la soberanía alimentaria de nosotros los seres humanos. Hemos donado semillas a 56 grupos de campesinos y campesinas a nivel nacional”, asegura Díaz.

Hace algunos años viajó hasta su tierra natal solamente para traer semillas de bálsamo. Regresó con cinco. De ellas sólo germinaron dos porque las demás se las comieron los venados.

“Mi lema es que tenemos que recuperar las especies nativas de Costa Rica y Centroamérica”, dice entusiasmado, y añade, “decía mi abuelo que murió de 104 años de edad: ‘Lo que no se siembra es lo que no existe. La tierra tiene poder para alimentar a todas las semillas que uno siembre’.

Este artículo nació de las ‘Memorias del Balsamito”, un texto escrito por Alfonso Bustos con colaboración de Javier Baltodano. Alfonso tiene hoy 93 años y vive en Buenos Aires, Dos Ríos de Upala. Intentamos conversar con él, pero no fue posible hacerlo vía telefónica o virtual. 

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