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Los recicladores, el último eslabón de la larga crisis de basura en Nosara

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Uziel Sánchez camina con un machete en la mano sobre las lomas de basura que se forman en el botadero de Nosara. “Al principio yo no aguantaba el olor y tenía que salir a vomitar”, cuenta. Tiene 22 años y hace tres se vino a vivir al botadero con su mamá y su padrastro.

La basura es tanta que está a punto de desbordarse sobre la calle.

“Otro señor con más años de trabajar en esto me dijo que pusiera la mente en otro lado… Que me imaginara en un lugar más lindo. Y así fue como dejé de enfermarme”, sigue contando Uziel.

Entre la montaña se asoma una plancha de ropa. Uziel se agacha, le vuela un machetazo y le saca, como si fueran tripas, un puño de cobre y aluminio que más tarde le venderá al dueño del botadero o a quien quiera comprárselo. Así son los días aquí para él y otras 13 personas, que viven en ocho casas construidas y amuebladas con lo que logran rescatar del basurero. Nadie tiene agua potable y la luz llega a través de una extensión hechiza que sale desde el centro de reciclaje.

Uziel dejó la escuela en segundo grado para ayudarle a trabajar. Antes del vertedero, trabajaba en construcción.

La situación del botadero de Nosara, sin importar por donde se mire, es crítica. Desde que el Tribunal Ambiental ordenó su cierre técnico en el 2013, la municipalidad de Nicoya promete que solucionará el problema de recolección de basura en el pueblo y se llevará los desechos hasta Santa Cruz, como lo hace con otros distritos del cantón.

Sin embargo, la comunidad lleva años peleando por este servicio. En el último año, el gobierno local se comprometió varias veces a sacar una licitación para concesionar la ruta, pero todavía no parece ser una realidad palpable. Según el Departamento Ambiental del municipio, la recolección comenzará a partir de octubre sin ningún retraso.

Los nosareños no pierden las esperanzas, pero tampoco se fían de la palabra del gobierno local. “Hasta no ver no creer” es uno de esos dichos frecuentes que usan para referirse a la supuesta solución. 

Dentro del vertedero de Nosara hay ocho casas donde viven 14 personas.

La comunidad ha encontrado algunas formas de lidiar con el problema. Nosara Recicla es una de esas iniciativas. La asociación sin fines de lucro se dedica a recolectar y separar el material reciclable para venderlo, dar charlas en las escuelas y organizar giras para limpiar las playas.

Cristian Zumbado, su administrador, cree que llevarse la basura para otro lado no es suficiente. Para él, la solución integral sería crear una especie de “estación de transferencia” en la que los recicladores puedan separar en un espacio más seguro y limpio el material reciclable de entre la basura y enviar lo no reciclable al vertedero de Santa Cruz.

Mayra vive en La Esperanza y viaja todos los días al vertedero en el primer bus. Antes de comenzar con el trabajo del día, se sienta a desayunar gallopinto.

Más que licitaciones y caldo de basura

Si se ve desde arriba, el botadero luce como un gran lunar cancerígeno que se expande por el bosque de Nosara en forma alargada e irregular. Aunque la naturaleza ha querido recuperar terreno cubriendo con zacate algunas zonas, cada vez que el vertedero se llena, quienes viven en el basurero buscan algún tractor que les ayude a empujar la basura hacia adentro. Cada vez que lo hacen, se acercan más a las quebradas que rodean el terreno.

Son quebradas estacionales que se llenan durante el invierno y se secan en el verano. Hoy está llena y Uziel y su amigo Luisfer, también reciclador, salen a pescar camarones de río bajo la noche. Los animales no son fáciles de atrapar y menos cuando se esconden bajo las raíces forradas de bolsas plásticas y basura.

Cuando la pesca no es como esperaban, culpan al veneno en el agua por matarles a las presas.

La panadería en Liberia en la que Aldrin Hernández trabajaba tuvo que cerrar después de un robo. Desde entonces, el muchacho de 17 años empezó a trabajar en el vertedero.

La basura produce un líquido llamado lixiviados que se filtra en la tierra y contamina los mantos acuíferos. Eso le preocupa a la comunidad desde hace varios años. De hecho, en el 2016, un estudio hecho por Nosara Recicla confirmó que el pozo que está bajo el botadero tiene coliformes fecales. Los recicladores siguen extrayendo agua de ahí, pero no la usan para tomar.

El poco reconocimiento en la política pública sobre la labor de los recicladores la mantiene en la informalidad y con muy pocas garantías sociales, o ninguna. Sin embargo, gracias a su trabajo se recupera entre el 50% y el 90% de los materiales reciclables de América Latina, según datos de la Iniciativa Regional para el Reciclaje Inclusivo (IRR), una plataforma público privada presente en 15 países incluyendo Costa Rica. En la región latinoamericana hay unos 4 millones de personas que se dedican a esta tarea.

Mayra Rosales mueve su material para reciclarlo luego en su sector donde trabaja de lunes a domingo en el botadero. En un buen mes un reciclador de base gana un poco más de ¢200.000.

Zumbado asegura que todos los cambios que haga Nosara para controlar el problema deberían pensarse desde solucionar las necesidades de los recicladores, creando mejores condiciones para ellos. Eso no solo mejoraría su calidad de vida, sino que también aumentaría su productividad.

Aunque Nosara posee una comunidad de varios países que da la imagen de tener una conciencia ecológica muy fuerte, Zumbado opina que este no es el paraíso que todos se imaginan, y que la empresa privada debe tener un compromiso mucho mayor para solucionar el problema, sobre todo para que muchachos jóvenes como Uziel y Luisfer tengan un mejor futuro.

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