Nicoya

La gente detrás de nuestra comida en Guanacaste

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Estoy sentado a punto de iniciar uno de mis rituales favoritos del día, y quizás de mi vida: desayunar.

Justo antes de atacar el plato con toda la furia de mis tripas, noto algo. Puedo identificar más o menos de dónde provienen todos los ingredientes que integran mi desayuno. Las tortillas caseras que compro en la pulpería a 200 metros de mi casa, el queso de Nandayure, y los tomates y la arúgula que traigo de Curime.

Pero desconozco dónde son cosechados o quién produce los frijoles y el café. De pronto siento como si estuviera compartiendo en la mesa con desconocidos y  empiezo a pensar que debería reemplazarlos por productos que sí pueda rastrear.

Por eso me propuse encontrar a productores y productoras de la comunidad para agradecerles por su trabajo y conversar con ellos sobre lo que ha cambiado tras la llegada de la pandemia.

Agricultor de cabecera

Así como muchas personas acostumbran tener su médico de confianza, a quien buscan cada tanto para hacerse chequeos, yo tengo mi agricultor. A Miguel Gutiérrez lo visito una vez por semana para comprarle verduras, y así ojalá reducir al máximo esos encuentros a futuro con el doctor. 

Abro el chat en WhatsApp para hacer mi pedido habitual. En su estado dice “Lugar más lindo en todo Varillal” y en la foto aparece una milpa rodeada de montañas amarillas encandiladas de luz de amanecer. 

Esta finca libre de agroquímicos en Varillal de Curime está forrada de cúrcuma, chan, chiles, cebollines, lechugas, hierbabuena, espinacas, tomates, cebollas y ajos. Es el proyecto de Miguel y de ella se benefician los cinco miembros de su familia y un colaborador.

Llego a la casa de mi “proveedor” cuidando no atropellar alguna de las gallinas que corren libres por la propiedad, para asegurarles un día más de vida a ellas y una semana más de huevos para mí.

Miguel me invita a cruzar la calle de lastre que separa su casa de la finca para ir a cortar los productos que planeo comprarle. De camino nos detenemos en la bodega donde guarda todos sus abonos orgánicos y me ofrece una “explicación flash» de para qué sirve cada cosa.

Según Marisel Duarte, coordinadora de capacitación y emprendimiento rural de la oficina del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) en Nicoya, una forma en la que podemos ser consumidores más responsables es a través de campañas de concientización.

“Le decimos a las personas ‘si usted se interrelaciona con el productor o productora, usted le puede decir mañana llego a su parcela a ver los tomates y los corto con usted’ y eso es un valor agregado”.

Para Duarte otro factor importante de comprar de manera local es la reducción de los intermediarios lo más que se pueda. 

“El intermediario se lleva un 57% del costo en esa cadena y el que produce apenas se lleva el 10%. Si usted acerca esos eslabones, entonces podría garantizar que ese productor va a tener una mayor ingresos por su producción y por ende, una mejor calidad de vida, mejor alimentación para su familia, oportunidades para estudiar, etcétera.”

De regreso en la casa, Miguel confiesa que pese al golpe económico que trajo la pandemia,  esta crisis sanitaria también ha impactado de forma positiva su producción. Aunque no estaba preparado, ha tenido que trabajar más para abastecerse de verduras y hortalizas. 

“La gente me está exigiendo tener productos permanentemente y que sea constante”, asegura. 

Miguel Gutiérrez cosecha tomates, espinacas y chiles en su finca en Curime de Nicoya. Algunos beneficios de consumir localmente, más allá de la frescura de los productos, es la reducción de la huella de carbono debido al transporte de mercancía a largas distancias.

La gente a la que se refiere son sus nuevos clientes, que llegaron a él en setiembre. Con el inicio de la feria del agricultor en Sámara, a 30 kilómetros de donde estamos. Es lo más lejos que Miguel lleva sus productos y los de la Asociación Agro Orgánica Guanacasteca, de la cual él es presidente. “Esa es la única huella ecológica que hay”, afirma. 

Nuevo coronavirus, nuevas ferias

Marisel Duarte, a través del MAG, ha brindado asesoría técnica a la muni de Nicoya en la implementación de la metodología japonesa “Un pueblo, un producto” (OVOP,  por sus siglas en inglés). Se trata de un enfoque de crecimiento económico en el que cada pueblo identifica un recurso local que funciona como tarjeta de presentación de la localidad.

Una de las acciones que tomó la muni para poner el práctica esto fue la apertura de ferias de productores en los distritos de Sámara y Nosara.

Todavía tengo grabada la imagen de cómo lucía Sámara en Semana Santa. La playa acordonada, un grupo diminuto de pescadores a lo lejos con el agua hasta la cintura, las calles vacías y todos los restaurantes cerrados.

Días después de visitar a don Miguel, hablo con algunas de esas personas que han trabajado para reactivar la comunidad tras la parálisis en la que los sumió la pandemia. 

“Cuando todo entró en confinamiento fue 17 de marzo, como un mes después la gente empezó a ponerse muy histérica porque todo el mundo perdió los trabajos. Entonces decidí crear un grupo en Facebook”, me cuenta por teléfono Beatriz Jirón, una de las organizadoras de la feria de Sámara.

Los miembros de ese grupo empezaron a vender lo que producían o a hacer trueque con otros productores. Pero aún quedaban por fuera todas aquellas que no tenían acceso a redes sociales. Ahí fue donde surgió la idea de crear una feria del agricultor en Sámara, para comprarle directamente a los productores locales lo más orgánico posible y sin revendedores.

“Fueron apareciendo artesanos, gente que podía vender cosas comidas y que no había trabajado en meses.  El 5 de septiembre fue la primera feria y empezamos con 28 puestos, todos se han mantenido”, cuenta Beatriz.

Cuando me contó que el sábado 20 de febrero habilitarían el parque de Sámara para mover la feria de productores allí, no quise perderme el estreno.

La feria de productores en el parque de Sámara abre todos los sábados de 7:00 a .m. a 1:00 p.m. Hay venta de comidas, frutas, verduras, artesanías y otros productos.

Decidí posponer unas horas mi ritual favorito para desayunar allá.

Los mismos productores se encargaron de limpiar el espacio y montar carpas para los vendedores que vienen de pueblos más lejanos. 

Cada trillo del parque está flanqueado por puestos de batidos, repostería, vestidos de baño, pulseras, frutas y verduras. 

A la sombra de un árbol con mi segundo café de la mañana en la mano, hablo con la segunda vicealcaldesa de Nicoya, Laura Rivera, a cargo de las ferias de productores en el gobierno local.

“Al turista también le gusta esto, quiere conocer más de nosotros. En qué se basa la alimentación, lo que se produce en nuestra tierra y además la feria no es solo para ese extranjero, es para nosotros. Es un lugar en donde todo el producto es más cómodo que un supermercado y no tiene tanto fertilizantes. Es como cuidarnos consumiendo lo nuestro y reactivando la economía”, comenta Rivera, mientras escuchamos de fondo el saxofón que muy cerca de nosotros musicaliza la mañana soleada de brisa seca.

Antes de abandonar la feria, busco una familia de productores de café y frijoles para sustituir los productos de “origen desconocido” de mi desayuno.

De regreso a casa, le sigo la pista al resto de ingredientes y averiguo que Urania Campos se levanta todos los días a las 2:00 a. m. en Barrio San Martín para hacer mis tortillas. Luis Fernando “Badillón”, un ramonense de 75 años,  madruga cada día en Nandayure para producir la leche y el queso que luego su propia familia trae hasta la pulpería de mi barrio. Y así espero continuar hasta poder ponerle un rostro a la mayor cantidad de productos guanacastecos que traigo a mi mesa. 

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